Cuando los changos inventaron el reggaetón

La plaza del changazo: donde los changos crearon el flow

Era un día especial en la Plaza de Armas del Viejo San Juan. Un grupo de músicos salseros había montado una tarima impresionante para un concierto que se celebraría esa noche. Todo estaba listo: luces brillantes, bocinas conectadas y micrófonos preparados. Los instrumentos ya estaban afinados, y el ambiente prometía ser un homenaje vibrante al ritmo tradicional que había definido generaciones.

Una tarima impresionante para un concierto del Salsa

Sin embargo, los músicos no contaron con la presencia de los changos. Un grupo de estos curiosos habitantes del lugar, liderados por Daddy Changin, apareció en la plaza buscando algo interesante. Para ellos, no había barreras; eran exploradores natos. Daddy Changin, con su estilo inconfundible, tocó el micrófono con su pico y quedó fascinado cuando el sonido amplificado retumbó por toda la plaza. Sin pensarlo dos veces, comenzó a experimentar con los botones y las perillas, y en cuestión de minutos, las bocinas cobraron vida.

Glory, con su energía desbordante, tomó el micrófono

Fue entonces cuando Glory, con su energía desbordante, tomó el micrófono. Quería que todo el mundo escuchara lo que estaban creando, pero como no sabía cómo pedir más volumen, gritó espontáneamente: "¡Dame más gasolina, me gusta la gasolina!" La frase resonó con una fuerza tal que los demás changos comenzaron a sumarse al ritmo. Daddy Changin improvisó versos al compás mientras Glory repetía el coro con pasión. La música era contagiosa, y así nació la primera canción de los changos reggaetoneros, un ritmo que parecía estar desafiando las raíces tradicionales de la salsa con algo totalmente nuevo.

Después de tanta gasolina, el motor se quedó corriendo

La música en la Plaza del Changazo no daba señales de detenerse. La chispa inicial se había convertido en un fuego imparable, y los changos no podían parar de moverse; era como si el espíritu del flow los impulsara a seguir.

Después de tanta gasolina, el motor se quedó corriendo

De repente, una nueva voz se elevó entre el bullicio. Era René, el residente, quien había estado observando desde las ramas del almendro que dominaba la plaza. Con su presencia fuerte y su conexión especial con el lugar, René decidió que era su momento. Bajó con elegancia y tomó el micrófono, listo para llevar la energía al próximo nivel.

Su voz poderosa resonó en toda la plaza: "Atrévete, súbete, salta de la rama y muévete. Deja el miedo, exprésate, que aquí en la jungla se siente el flow". Sus palabras eran un llamado al corazón de los changos. El mensaje era claro: había que dejar atrás los miedos, atreverse y celebrar la libertad de ser auténticos. Su canto no solo era música; era un himno a la autoexpresión.

En ese momento, Eddy, el visitante, quien apenas había llegado a la plaza, se dejó llevar por la emoción. Intrigado por la música y el mensaje de René, tomó otro micrófono y se unió a él con voz segura: "Quítate el miedo, vuela del suelo. Aquí no hay reglas, todo es un juego. El ritmo nos llama, se siente en el alma. Es nuestra jungla, vibra con calma".

Cuando los changos inventaron el reggaetón

El dueto entre René y Eddy fue electrizante. Sus voces se entrelazaban como ramas en el viento, creando un espectáculo inolvidable. Los demás changos formaron un gran corro alrededor de ellos, aplaudiendo con sus alas y coreando las líneas más pegajosas. Era un momento que iba más allá de la música, una declaración de independencia y creatividad que los llenaba de orgullo.

El gran final: el party del flow y la retirada

El espectáculo era tan contagioso que los humanos que pasaban por la plaza comenzaron a detenerse. Intrigados por el ritmo fresco y la energía arrolladora, poco a poco se sumaron a la fiesta. La Plaza del Changazo se llenó de personas y changos, todos cantando y moviéndose al compás. Humanos y changos compartieron un momento único, como si por un breve instante no existieran barreras entre ellos.

Pero toda buena fiesta tiene su final. Los músicos salseros, intrigados por el espectáculo, caminaron hacia la tarima para descubrir quién estaba usando su equipo. Al llegar, quedaron estupefactos. No había artistas humanos en el escenario, solo los negritos changos liderando la música. "¡Miren estos changos sin vergüenza!" gritaron. "¡Sálganse de ahí, que este equipo es caro y está montado para el concierto de esta noche!"

El gran final: el party del flow y la retirada

Los changos, sorprendidos y asustados, saltaron de la tarima y buscaron refugio entre los árboles y las sombras. Habían estado tan inmersos en la música que olvidaron que el equipo no les pertenecía. Aunque tuvieron que huir, dejaron una huella imborrable en todos los presentes.

Esa noche, el concierto de salsa se llevó a cabo como estaba planeado. Fue un espectáculo impresionante, pero la mayoría de las personas no podía dejar de hablar sobre la banda que había abierto el evento. A pesar de no saber quiénes eran, todos coincidían en que habían creado algo especial y único. Muchos se quedaron con ganas de escuchar más reggaetón.

Desde entonces, los changos siguen reuniéndose en la plaza bajo la luz de la luna. Sin el equipo poderoso de los humanos, sus conciertos son más humildes, pero la magia del reggaetón sigue viva. Las ramas y los vecinos cercanos se convierten en testigos de sus ritmos mientras la jungla urbana sigue vibrando con su flow.


El legado del reggaetón changolero

Aquella noche marcó un momento histórico en la Plaza de Armas del Viejo San Juan. Los changos no solo inventaron un nuevo ritmo, sino que también dejaron una enseñanza poderosa: la música es una herramienta para expresarse, conectarse y celebrar la identidad.

El reggaetón, surgido en los barrios de Puerto Rico, es más que un género musical. Es un movimiento cultural que mezcla ritmos, influencias y voces para contar historias y superar barreras. Su fuerza reside en transformar lo cotidiano en extraordinario, en dar poder a los marginados y en ser un lenguaje universal que une a las personas.

Para los changos, su música era un reflejo de su espíritu libre y su creatividad ilimitada. Era su manera de decir: "Aunque somos negritos, aquí estamos: únicos, auténticos y con algo especial que ofrecer". Y esa es la verdadera lección: el flow no es solo un ritmo, es una manera de vivir. Es tener el coraje de ser auténtico, de movernos al compás de nuestra propia melodía y de compartir nuestra luz con el mundo.

Así que, amigos, recordemos siempre este mensaje: no importa tu origen ni las dudas que enfrentes, lo importante es ser fiel a ti mismo y atreverte a brillar. En la jungla de la vida, el verdadero flow es encontrar tu voz y dejarla resonar con fuerza.


sobre el autor

Sobre nuestro autor

Bill García escribe con el alma de Puerto Rico, inspirado por su naturaleza, su música, su gente y su historia. En su retiro, encuentra alegría en escribir para quienes quieren conocer más sobre nuestra Isla del Encanto

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