Las calles de Ponce brillaban bajo la luz dorada de la mañana, con una brisa suave que aliviaba el calor típico del sur de la isla. Era 1897, un año histórico para Puerto Rico. Reina María Cristina había otorgado autonomía a la isla, y el pueblo estaba listo para celebrarlo con todo su esplendor. No solo los habitantes de Ponce llenaban las calles; personas de todas partes del país, e incluso de tierras más lejanas, habían viajado para ser testigos de este momento único. La emoción era palpable, una energía vibrante que unía a quienes creían que esta era la primera gran oportunidad de Puerto Rico para gobernarse a sí mismo. Familias caminaban juntas, vendedores empujaban carretas llenas de frutas y dulces, y grupos de músicos afinaban sus instrumentos en las esquinas. El aire estaba lleno de aromas dulces, risas y canciones.
Desde 1858, el Festival Ponceño había marcado el ritmo festivo de la ciudad, llenando sus calles de máscaras coloridas, comparsas, vejigantes y música. La celebración era una mezcla vibrante de influencias afrocaribeñas y españolas, reflejada en el sonido de los tambores de bomba que resonaban entre la multitud. Los vejigantes, con sus atuendos llamativos y movimientos ágiles, se abrían paso entre el gentío, provocando risas y emoción con sus máscaras de expresiones intensas y sus travesuras juguetonas. Las comparsas avanzaban con gracia, sus trajes adornados con detalles artesanales que honraban la identidad del pueblo. La música festiva llenaba cada rincón, mientras los comerciantes vendían bebidas refrescantes y dulces típicos, asegurando que la energía de la celebración nunca se extinguiera. Año tras año, el festival crecía en esplendor, consolidándose como una de las celebraciones más importantes de la isla.
Pero este año sería diferente. Por primera vez, la fiesta no solo celebraba la tradición, sino que también reflejaba un momento histórico. Reina María Cristina había concedido autonomía a Puerto Rico, permitiendo que los boricuas gobernaran sus propios asuntos aunque aún bajo el dominio español. La emoción era palpable en el aire, y cada detalle del festival parecía brillar con mayor intensidad. Las calles estaban más decoradas, los músicos ensayaban con más pasión y los tambores retumbaban con una fuerza especial, como si anunciaran la llegada de una nueva era. Para los ponceños y todos aquellos que habían viajado para unirse a la celebración, esta noche no era solo un festival; era una declaración de identidad, un grito de orgullo que resonaría en cada rincón de la ciudad.

En un rincón polvoriento a las afueras del pueblo, Don Arcadio, el creador de una extraordinaria máquina del tiempo, apareció primero, inspeccionando cada detalle con su habitual precisión. Su reloj de bolsillo, un instrumento único, colgaba de su chaleco, brillante bajo la luz del atardecer. Este no era un reloj cualquiera; tenía un botón oculto bajo la tapa que podía abrir portales temporales. Después de asegurarse de que todo estaba en orden, Don Arcadio sonrió y dijo: "Es el momento perfecto". Abrió su reloj, presionó el botón y frente a él apareció un vórtice lleno de luces y colores.
De ese vórtice emergieron tres figuras conocidas: Paco, Frances y Gabriel, tres de los estudiantes que tomaban clases especiales en el verano con don Arcadio sobre la historia de Puerto Rico. Para ellos, estos viajes en el tiempo eran una forma de aprender más allá de los libros, explorando los momentos clave de su tierra. "¡Bienvenidos, jóvenes!", exclamó don Arcadio con una sonrisa. "Hoy los llevo a un momento histórico de Ponce. Podrán observarlo con sus propios ojos, pero sin alterar lo que ya ha sucedido. La historia debe seguir su curso".

Mientras caminaban por el camino polvoriento, una carreta tirada por un caballo pasó junto a ellos. El conductor, un hombre de sombrero de paja y sonrisa amable, les hizo un gesto amistoso. "¿Van para el pueblo? ¡Suban, que yo los llevo!", exclamó, deteniendo la carreta. Los niños miraron a don Arcadio en busca de aprobación. El maestro asintió con una sonrisa. "Es una excelente oportunidad para ver cómo se movía la gente en esta época. Subamos". Con entusiasmo, Paco, Frances y Gabriel treparon a la carreta y se acomodaron sobre los sacos de granos y telas que el hombre transportaba. La carreta avanzó lentamente por los caminos hacia el centro del festival, y a medida que se acercaban, las calles se llenaron de vida.
En las esquinas y muros de la plaza, artistas locales plasmaban en sus murales la celebración que tenía lugar frente a ellos. Pinceladas vibrantes capturaban los colores de los tambores, las comparsas y los vejigantes que recorrían la ciudad. Cada trazo convertía la alegría del pueblo en una imagen que quedaría grabada en la historia.
"El arte aquí no es solo decoración", explicó don Arcadio. "Es nuestra forma de capturar el espíritu de este día. Estos murales son más que simples pinturas; son testigos de la historia en construcción. Años después, cuando la gente pase por estas calles y vea estas imágenes, recordará cómo Puerto Rico celebró su autonomía dentro del sistema colonial por primera vez".
Gabriel observó a uno de los artistas, que pintaba una escena de músicos tocando plena en la plaza. "Es como si estuvieran guardando este momento para siempre", comentó con admiración.
Don Arcadio asintió. "Exactamente. Porque aunque las canciones y las fiestas pasen, el arte permanecerá para contarlo".

Al entrar a la plaza principal, el sonido de tambores y panderetas llenó el aire. Un grupo de músicos tocaba un ritmo alegre y pegajoso atrayendo a la multitud.
"¿Qué es esa música?", preguntó Gabriel, intrigado por la conexión que la música parecía tener con las emociones del público.
Don Arcadio sonrió. "Eso es plena, un género musical que apenas comienza a surgir aquí en Ponce. Su origen es una mezcla de ritmos afrocaribeños y españoles, influenciado por la música de la bomba, que es aún más antigua y profundamente puertorriqueña. La bomba nació en las comunidades costeras de la isla, especialmente en lugares como Guayama, Salinas y Ponce, y era una forma de expresión y resistencia para los afrodescendientes."
Gabriel escuchaba con atención, siguiendo el ritmo con los pies. "¿Y por qué dicen que la plena es un periódico musical?"
Don Arcadio señaló a los músicos, que cantaban sobre la celebración de la autonomía. "Lo que estás escuchando ahora es parte de su evolución. La plena se convertirá en la voz del pueblo, contando las noticias y los sucesos del día a través de la música. En unos años, cuando alguien quiera saber qué ha pasado en la ciudad, solo tendrá que escuchar una plena. La gente dirá que 'la plena es un periódico musical', porque llevará las historias de la comunidad a cada rincón de la isla."
Gabriel sonrió, impresionado. "Entonces, estamos viendo cómo nace un género musical. ¡Eso es increíble!"
Don Arcadio asintió. "Así es. Y algún día, estas canciones serán parte de la identidad de Puerto Rico, recordando momentos como este."

Tras dejar a los músicos, el grupo fue atraído por los aromas que emanaban de los puestos de comida. Los vendedores ofrecían platos tradicionales como lechón asado, mofongo y una variedad de dulces típicos como arroz con dulce, majarete y polvorones.
"La comida aquí es una mezcla de tradiciones españolas, africanas y taínas", explicó don Arcadio mientras señalaba un puesto.
Paco, intrigado por el olor del lechón asado, señaló un plato servido con trozos crujientes de carne. "¿Podemos probar algo?", preguntó con entusiasmo. Don Arcadio asintió. "Por supuesto, esta es la mejor manera de conocer una cultura". Los niños se acercaron al puesto y cada uno escogió algo diferente. Frances optó por un trozo de mofongo, mientras que Gabriel, más curioso, pidió un poco de arroz con dulce. Al primer bocado, sus rostros se iluminaron con sorpresa y placer. "Esto es increíble", dijo Gabriel con la boca aún llena. El vendedor sonrió. "Cada receta lleva siglos de historia y tradición. No solo están probando comida, están saboreando el pasado".
Finalmente, llegaron al imponente Parque de Bombas, el emblemático edificio pintado en cuadros rojos y negros. Frances observó la fachada con curiosidad y comentó en voz alta: "Parece un enorme tablero de ajedrez". Sus hermanos soltaron una carcajada, y hasta don Arcadio esbozó una sonrisa antes de responder. "No es ajedrez, pero los colores tienen un significado especial".
Frances, fascinada, preguntó: "¿Han enfrentado peligros?"
Don Arcadio asintió con calma. "Más de los que podrías imaginar. Pero esa es una historia que merece ser contada con detalle… otro día regresaremos para conocer el heroísmo de los bomberos de Ponce".
Con esa promesa en el aire, el grupo siguió su recorrido por Ponce.

Mientras continuaban su recorrido por Ponce, llegaron al imponente Teatro La Perla, un lugar que había sido testigo de innumerables presentaciones y reuniones históricas. Don Arcadio los llevó a la entrada, donde una multitud se reunía para escuchar un discurso crucial sobre la autonomía recién concedida. El murmullo de la gente llenaba el ambiente, mezclado con el eco de los últimos acordes de una banda que había amenizado la espera.
En el escenario, Luis Muñoz Rivera, con su porte solemne y su voz llena de convicción, hablaba sobre el significado de este nuevo capítulo en la historia puertorriqueña. Reina María Cristina había otorgado autonomía a la isla, permitiéndole gobernarse a sí misma, aunque todavía bajo la tutela española. "Hoy celebramos no solo una fiesta, sino una oportunidad—una puerta abierta hacia el futuro. Dependerá de nosotros demostrar que somos capaces de construir un gobierno justo y estable, que sirva a nuestro pueblo con dignidad y respeto", exclamó, su voz resonando por el gran salón.
Frances, con los ojos fijos en el orador, se inclinó hacia don Arcadio y preguntó en voz baja: "¿Realmente será mejor que seamos autónomos? ¿O solo cambiaremos de dueños?"
Don Arcadio, con una mirada sabia, respondió en tono reflexivo: "Todo depende de quién se beneficia. Los gobiernos, sin importar de dónde vengan, siempre pueden intentar sacar ventaja. La autonomía y una asociación pueden ser soluciones viables, pero solo si el trato es humano y por el bien de las personas. El verdadero desafío no es solo obtener autonomía, sino garantizar que se use para mejorar la vida de quienes habitan esta tierra."
Las palabras de don Arcadio quedaron flotando en el aire, mientras Frances reflexionaba sobre el significado de la libertad y el peso de la política. En el escenario, el discurso de Muñoz Rivera llegaba a su punto más emotivo, acompañado por los aplausos de una multitud que, al menos por esta noche, se aferraba a la esperanza de un nuevo comienzo.

Mientras caminaban por la ciudad, pasaron junto al puerto de Ponce, donde el agua reflejaba los colores del atardecer y los barcos se mecían suavemente. Pero hoy, el puerto no solo era un paisaje tranquilo, sino un hervidero de actividad. Comerciantes descargaban sacos de café, frutas y telas, mientras marineros aseguraban sus embarcaciones y saludaban a los recién llegados. Familias llegaban desde otras partes de la isla, trayendo consigo su entusiasmo y mercancías para el festival. La ciudad estaba en plena celebración, y el puerto era su puerta de entrada.
Don Arcadio observó el movimiento mientras seguían avanzando. "Desde aquí, Ponce se conecta con el mundo", explicó. "El comercio ha florecido gracias a este puerto, pero también ha traído personas con nuevas ideas, historias y costumbres. Este lugar no solo mueve productos, sino que enlaza comunidades. Con la autonomía, tal vez pronto tengamos que ampliar estos muelles, mejorar las rutas y fortalecer nuestra conexión con otros países".
Gabriel miró la escena con curiosidad. "Es como si todo el pueblo estuviera conectado por este puerto", comentó.
Don Arcadio asintió, con una expresión pensativa. "Exactamente. Este puerto es más que un lugar de comercio; es el latido de Ponce, el punto donde la historia y el futuro se encuentran".

Ya estaba un poco más oscuro y, como parte de las celebraciones en la plaza, lanzaron fuegos artificiales para marcar el momento. Los niños los habían visto antes en su época, pero estos eran distintos. Los colores parecían reflejar orgullo y libertad, iluminando el cielo como una expresión viva de lo que la gente sentía. Don Arcadio y los niños se sentaron en el suelo, fascinados por los cohetes que comunicaban sus sentimientos de una manera tan elocuente. Estaban hipnotizados por el momento, dejando que el resplandor de la historia los envolviera por completo.
Don Arcadio miró su reloj, su expresión serena pero con un toque de urgencia. "Tenemos que darnos prisa. El vórtice temporal volverá a abrirse en veinte minutos en el mismo punto donde aparecimos".
Frances cruzó los brazos. "Pero no me quiero ir todavía".
Don Arcadio sonrió. "Habrá otras aventuras. El tiempo nos permite explorar, pero también nos obliga a respetarlo".
Los niños lo siguieron, cada uno con su propia mezcla de emociones, mientras recorrían las calles una última vez, grabando en su memoria los colores, sonidos y sensaciones de la noche.

Al llegar al punto de partida, don Arcadio revisó su reloj una vez más. "Es hora de partir", dijo con voz tranquila. "Espero que hayan aprendido que la historia no solo se encuentra en libros, sino en cada rincón de la vida cotidiana".
Paco suspiró. "Siento que apenas comenzaba a entender todo esto".
Frances asintió. "Definitivamente quiero volver".
Don Arcadio sonrió y abrió el portal de regreso. "El tiempo es un maestro paciente y siempre nos espera para nuevas aventuras".
Bill García escribe con el alma de Puerto Rico, inspirado por su naturaleza, su música, su gente y su historia. En su retiro, encuentra alegría en escribir para quienes quieren conocer más sobre nuestra Isla del Encanto